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Praxis y evasión

Si hay algo de lo que nos seguimos jactando los peronistas es de tener doctrina. No importa mucho la literalidad del concepto. Tener doctrina es dominar el mundo de las ideas y el de los valores. 

Frente a la derecha tradicionalmente fuimos moralmente superiores, desde los luminosos trabajos de FORJA en la década del ‘30 -jóvenes yrigoyenistas que la vieron 15 años antes- y desenmascararon las políticas imperialistas inglesas, y La Comunidad Organizada (una síntesis superadora con profundo sustento filosófico), hasta la Década Ganada, un repertorio de lo que posteriormente se conocería como cultura “woke” que habilitó importantes conquistas de las minorías.

El problema es que seguimos creyendo que somos moralmente superiores cuando se nos escapó la tortuga en todos los frentes. Nuestros héroes son siempre intelectuales (término que don Arturo Jauretche despreciaba), académicos y divulgadores que hablan difícil (me cuento, con mis limitaciones, dentro de ese ominoso último grupo). Y es un error. Cuando dominar el mundo de las ideas se muestra como un ejercicio fútil, empezamos a intuir, desde la impotencia, la magnitud de ese error. Y no estoy diciendo que no haya habido “colonización pedagógica” ni estoy diciendo: “alpargatas sí, libros no”.

Fatalmente en cada derrota electoral de los últimos años hemos culpado a la sociedad, a los traidores, al sistema educativo, al periodismo, a las redes sociales, a los “logreros” y a los funcionarios de turno de nuestro distanciamiento del mundo real. Hemos dejado de entender a la gente. El mundo de las ideas nos alejó del barrio y por lo tanto de la praxis política. 

En 1949, cuando Perón presenta “La Comunidad Organizada” en el Primer Congreso Internacional de Filosofía, dice: “Cuanto he de afirmar, se encuentra en la República en plena realización. La dificultad del hombre de Estado responsable, consiste casualmente en que está obligado a realizar cuanto afirma”. La docrtina Justicialista, para Perón, es praxis política.

Sacarse de encima estos prejuicios es una de las razones que explican el éxito mediático de Guillermo Moreno. Es medio fachongo y machirulo, se negó o no supo deconstruirse, pero no es por eso que permea a quienes veneran a Milei. Plantea una relación estrecha con EEUU y critica tanto a Milei como a Kicillof, a quienes considera tributarios de la escuela austríaca, pero no es por eso que produce alguna fascinación. Lo que tiene su narrativa es contenido. 

No contenido doctrinario aunque se la pase hablando de doctrina: contenido operativo. Operativo porque opera ante todo en el universo simbólico del interlocutor, desde el sentido común. Habla de costos, de sentarse a conversar con quien sea para que a todos les vaya bien, como enseñó Néstor; dice que Toto Caputo es un timbero, abona una alianza estratégica con sectores recalcitrantes que considera funcionales a un cambio de régimen, y -a diferencia de Santiago Cúneo- no menoscaba la figura del presidente: se para en la vereda de enfrente. 

Para nosotros, moralmente superiores, cotillear con Victoria Villarruel es un ultraje, pero olvidamos convenientemente el 7 de diciembre de 2007, cuando Néstor Kirchner autorizó la fusión de Cablevisión y Multicanal, con la firma de Moreno, convirtiendo al Grupo Clarín en uno de los más poderosos del continente y, más tarde, en el enemigo público número uno del gobierno.

El triunfo de Donald Trump acaba de darle al mundo de las ideas la estocada final, al menos por un tiempo. Un baño de realidad. Pero, curioso giro del destino, Trump recupera en su discurso muchos de los valores que el peronismo sostuvo durante buena parte del siglo XX. 

Trump es nacionalista, promueve el proteccionismo, la promoción del trabajo local, de la industria local, y si bien la coyuntura yanqui -determinada por la guerra comercial con China- no es la misma que la de la Argentina del ‘45, las herramientas no parecen tan distintas. Que Trump quiera achicar el Estado y beneficiar a los plutócratas que operan en el país no lo hace libertario. Hay posiblemente un cambio de época más profundo, pero en lo esencial es imposible no coincidir con Moreno: Trump está más cerca de Perón que de Milei, e igualmente lejos de nuestros intereses, a un hemisferio de distancia.

Cuando decimos que la batalla cultural la está ganando o la ganó la derecha también somos un poco vagos. Elegimos la política como evasión, no como herramienta de transformación; nos lavamos las manos. Lo peronístico de Trump (dejemos de lado los problemas que enfrenta con la inmigración y la competencia feroz con China o su pacto con la oligarquía) colisiona con el sambenito de que la derecha ganó la batalla cultural. No chamigo: la batalla cultural la ganó el sentido común. 

¿Entonces el sentido común es de derecha? Claro que sí. El sentido común no es colectivista. Somos homínidos. Cuando aparece un león es un sálvese quien pueda. La vida en Argentina es un sálvese quien pueda. Pero es la batalla que hay que dar. 

Decía Perón en aquél emblemático Congreso de Filosofía:

“Está en nuestro ánimo la absoluta conciencia del momento trascendental que vivimos. Si la historia de la humanidad es una limitada serie de instantes decisivos, no cabe duda que gran parte de lo que en el futuro se decida a ser, dependerá de los hechos que estamos presenciando. No puede existir a este respecto divorcio alguno entre el pensamiento y la acción, mientras la sociedad y el hombre se enfrentan con la crisis de valores más profunda acaso de cuantas su evolución ha registrado”. 

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